Atajando el problema por los cuernos, volviéndome hacia la polémica y el debate suscitados últimamente, ahí sobre la arena (no tapete) nacional, manifestaré en mi defensa que el grado de desconocimiento que tengo sobre la Fiesta me impide mantener una posición clara. Sí es cierto que hay algunas premisas que mantendré pese a todo. Cualquier espectáculo en el que el sufrimiento y la muerte estén en el orden de día no contará con mi aprecio. He escuchado por la tele que el toro no sufre. Claro, en el supuesto de que carezca de sistema nervioso. Más. No soporto la figura del torero-filósofo. Los hay de toda condición: Envueltos en un halo de misterio romántico (José Tomás), pretendidamente extravagantes (Morante), famosillos de papel chuché (Rivera Ordoñez, ÓScar Higares, El Cordobés)… He visto recientemente la entrevista de Esplá a Quintero. A la pregunta “¿Qué ha hecho el toro para merecer la muerte?” el diestro vino a decir que este animal se ha involucrado en la cultura mediterránea, tan relacionada con la muerte. Que el toreo es un arte, que no tendrá él problemas de conciencia entretanto haya miseria e injusticia en el mundo. Que el toro le da igual (sic). Respetando la verdad de su afirmación (nuestra relación vital con la muerte en el plano cultural-religioso es indudable), considero que no es razón válida al caso. ¿Es necesario hacer muestra sangrienta sólo porque así ha sido siempre? Además, el toreo (la corrida) está preparada para otra cosa. La reflexión es clara. No vale aquello del mito ancestral del hombre frente a la bestia. Todo en la plaza está preparado para que el toro muera. Socorridas leyendas milenarias hoy día no sirven, crean desasosiego. El toro es el que tiene que morir (burladeros, subalternos, picadores, banderilleros, médicos y enfermería). Ojo, que si se piensa que esto no debería estar, resultaría demagógico. Pero, ¿qué es lo que motiva la creciente ola antitaurina en este siglo XXI? Políticos, reyes, la sociedad en general (de Villarriba y Villabajo, ya saben) apoyaron y quieren aún el mundo de los toros sin condiciones. Sería difícil abandonar toda una maquinaria tal, que se ha sustentado en España desde la noche de los tiempos. No sé. Tal vez nos volvamos a encontrar en esa delgada línea entre lo bárbaro y lo tradicional-cultural. ¿Comería usted carne de perro? ¿Le cortaría el clítoris a su hija recién nacida? ¿Se casaría con tres mujeres a la vez? Algunas tribus se tiran desde lo alto de un monte sujetos por una cuerda para toparse de bruces contra el suelo. ¿Antropofagia o cocina creativa?
martes, 17 de junio de 2008
viernes, 13 de junio de 2008
LOS PORQUÉS DE CALCULÍN
¿Por qué la mujer de un huelguista entierra a su marido el segundo día de huelga?
¿Por qué se achicharra en su camión un señor que protegía su herramienta de trabajo?
¿Por qué hay gasolineras vacías cuando se asegura en todos los medios que habrá repostajes?
¿Por qué los piquetes informativos no informan, sino que agreden?
¿Por qué el gobierno dice tenerlo todo controlado y nada parece indicarlo?
¿Por qué no se preocupan las familias de los huelguistas, si ellas también tienen coche y hambre?
¿Por qué todo el mundo critica a este gobierno si lo apoyó por mayoría hace tres meses?
¿Por qué un huelguista corta una carretera y se va a su casa después tan tranquilo?
¿Por qué hago guardias a compañeros que se quedan tirados en un atasco?
¿Por qué los taxistas no han sabido buscar otro momento para pedir sus reivindicaciones?
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miércoles, 11 de junio de 2008
NO TE MUEVAS
Era la historia de un amor imposible. La certeza única y veraz de que aquello no podía ser por más tiempo. Él se quedó a atónito. La miró hacia la ventana abierta de par en par a la noche. Ráfagas de luz perezosas recortaban la bella silueta de Judith. Mañana, sin más demora, su historia en común terminaría para siempre. Él se iría a un barco de pesca para componer canciones y pensar. Ella, arrastrada por condicionantes laborales, partía a Estados Unidos. Atrás quedaría el paraíso, perdido otra vez, sí. Él no quería tocarla. Pensó que sería una especie de traición, ya que no podría ser más suya. Se contentó entonces con mirarla. Así, sin más pretensión. Que permaneciera un último instante quieta, acaso también fuera inmóvil la felicidad que agitaba su ánimo desde aquella mañana en que la conoció. No te muevas, quiero conservar este momento fugaz, dijo con una voz entrecortada que antecede al llanto. Estrellas temblorosas en la madrugada reflejaban su adiós en un mar laso, muerto. En sus ojos, la fuerza de los ríos profundos, el recuerdo indómito de lo que nunca dejaría de ser.
No te muevas.
No te muevas.
Quiero conservar este instante así:
tú junto a la ventana, como a contraluz;
echada en el lecho, queriendo mirar
los ojos profundos del sol
detrás de tu cuerpo feliz,
desnudo, desnudo. Y ya es
el día en que voy a partir.
No te muevas,
si puede estar quieta la felicidad,
si puede volverse de piedra el amor.
Convierte en estatuas los días y el mar.
Quizás te comprenda mejor.
O al menos conforme ya esté
repleto de piedras, sin sed,
el día en que voy a partir.No te muevas
y dime si es hora de irse a dormir.
Mañana me espera un sabor de mujer.
Lo tengo guardado en los ojos. Y sé
que un beso muy frío será,
el beso que no me darás,
las noches, los días después
del día en que voy a partir.
(Silvio rodríguez, 1968)
(Silvio rodríguez, 1968)
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lunes, 9 de junio de 2008
UN BLOODY MARY, POR FAVOR
Quemadito, achicharrado a causa de una inconsciente jornada en la playa, que desde aquí anuncio de antemano que cualquiera sabe cuándo me veré en otra parecida, el pasado domingo por la noche me quedé quietecito boca arriba en la cama. Escalofríos y dolor creciente en la Cara A de mi cuerpo desaconsejaban toda mudanza. (Y mejor así, que no se me ocurrió dar vuelta y vuelta hacia el astro rey…) De de esta manera, ladeando un poquito el cuello pude ver el esperado cambio radical que ha sufrido la más prolija y pusilánime de una saga televisiva. Por fin, nuestra Bea de Telecinco se hizo mayor. Un nota le quitó el aparato dental, delante del espejo de un balneario. Una amiga, que a cada minuto me parecía más tonta, se las arregló para concertarle las mínimas sesiones de chapa y pintura para estar más presentable. Podía haber comenzado mucho antes con un borrador. Las cejas de la ínclita eran de la estipe de Groucho Marx. A ningún creador de la serie se le ocurrió pensar que un plano corto de Bea evidenciaría su ridículo perfil pintado con Kanfor. Sobre las once de la noche Bea, Beísima, ponía con su jeta el punto culminante a la larga semana (son siete días) con la que la Cadena Amiga nos ha bombardeado, corto publicitario aquí, corto publicitario allí, para cacarear la transformación milagrosa de la protagonista. Atrás quedan consternados los comerciantes del rastro, que no darán ahora salida a su stock. Reciben con los brazos abiertos los despojos de la muchacha Cáritas o Cuéntame, en donde su ropa de saldo setentera será bienvenida. Supongo que no será para echarse las manos a la cabeza, pero una resurrección personal no creo que se fundamente en un vestido ceñido palabra de honor rojo, unas lentillas por una gafitas, unos tacones altos, oh. Ahora, profundamente renovado su espíritu, será capaz la fea-bellísima de apuntar a nuevos retos; asumirá responsabilidades siendo aceptada por la sociedad. Un buen escote y el pelo suelto lo resuelven todo ¿verdad? Ay, si sabía Lope de Vega lo que el pueblo reconocía como un final feliz…
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jueves, 5 de junio de 2008
ETERNAS SUCESIONES DE DIFUNTO
Me preguntó ayer una alumna por qué Quevedo habla de que la muerte está muy presente en la existencia humana. Le respondí usando su famoso endecasílabo: Eternas sucesiones de difunto. Y nos quedamos tan tranquilos haciendo referencia a que, efectivamente, la visión más pesimista, angustiosa de nuestra vida está en que vamos cumpliendo etapas que por perecederas, parece que no volverán. Y Don Francisco señala la cercanía de pañales con mortaja; vida cruel y efímera, en fin. Pero, aunque atrapado por la fuerza argumentativa de su soneto, creí rebelarme al menos por un momento de esta preocupación tan barroca. Es curioso. Estamos en esta vida de paso, convivimos al minuto con la muerte, nuestras creencias y costumbres aprendidas por los siglos de los siglos están relacionadas con la muerte. Cuando las procesiones de Semana Santa, los niños se acostumbran a ver al Señor muertecito en la cruz o en la urna, y no sienten reparo alguno. (Aquí un servidor, confesarlo he, no entró solo hasta la Capilla del Santo Entierro de Santa María Magdalena hasta bien entrado en años). Al poner la televisión, no nos invade por regla general la certeza de la tragedia, ahí enfrente, ni apartamos la vista siquiera. (Mi abuela aún lo hacía en los años 80 cuando veía a los negritos de Etiopía pasando todo el hambre del mundo). El verso quevediano responde a una época, una manera de ver el paso del tiempo. Ahora creo que no, que no estamos sobre aviso de esa presencia maldita, más o menos lejana, y ni falta que nos hace. Y que el vitalismo de hoy es necesario para salir hacia adelante. Ante la osadía de estar vivos, es el recuerdo un arma capaz de hacernos ver que no todo está perdido. Que lo que se fue y no volverá no es un asunto pretérito. Y está el porvenir, el todavía…
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martes, 3 de junio de 2008
JUEGOS EN LA SOMBRA
He comenzado la lectura esperada de El juego del Ángel, y he de reconocer que, desde el principio, la obra consigue atrapar al lector gracias a la amplia metáfora que para Zafón es la oración simple o compuesta.
" …Un horizonte apuñalado por centenares de chimeneas que tejían el perpetuo crepúsculo de escarlata y negro sobre Barcelona…”
Cierto es que El Juego… no comienza con la fuerza arrolladora que el best seller en el que se ha convertido La sombra del viento. Tal vez, el primer capítulo no tiene tanto de melancólico y evocador como el arranque brutal de Sempere y su hijo Daniel, camino del Cementerio de los Libros Olvidados. Con todo, salvada la escena más o menos previsible ya del jefe grotesco y típico de una empresa mediana (un periódico venido a menos, para más señas), en El Juego... se va tejiendo la historia (atención al verbo 'tejer', que tanto juego le da a Zafón en la primera parte de la obra) con maestría. El protagonista, David Martín, se las verá con esa fuerza misteriosa, oscura y tenebrosa, que maneja a su antojo la Barcelona de los años 20. Una fuerza que se rodea de tinieblas y de penumbra. Así, como el escenario, los personajes y los hechos narrados se confunden en un destino incierto, abrazados al poder mágico de los libros, el primer romance, la tragedia, el dolor.
No dejaré pasar la oportunidad para, aparte de recomendar la lectura de El Juego..., poner de manifiesto un detalle dentro de la primera mitad del libro, que me sorprendió. Conociendo a Carlos Ruiz Zafón, sus métodos, planteamientos y revisiones (curiosamente, autor y protagonista tienen el obsesivo mismo método de creación), me resulta chocante que en las primeras 60 páginas de El Juego... aparezca un sensible error. Al principio, el personaje principal responde al nombre de David, mientras que poco más adelante, dice llamarse Daniel cuando le entregan un paquete de Correos. No me vale, como se ha leído, que David Martín y Daniel Sempere no sean sino dos entes tan parecidos, que el mismo autor los yuxtapone.
No dejaré pasar la oportunidad para, aparte de recomendar la lectura de El Juego..., poner de manifiesto un detalle dentro de la primera mitad del libro, que me sorprendió. Conociendo a Carlos Ruiz Zafón, sus métodos, planteamientos y revisiones (curiosamente, autor y protagonista tienen el obsesivo mismo método de creación), me resulta chocante que en las primeras 60 páginas de El Juego... aparezca un sensible error. Al principio, el personaje principal responde al nombre de David, mientras que poco más adelante, dice llamarse Daniel cuando le entregan un paquete de Correos. No me vale, como se ha leído, que David Martín y Daniel Sempere no sean sino dos entes tan parecidos, que el mismo autor los yuxtapone.
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lunes, 2 de junio de 2008
¿Adónde?
Me pareció más apropiado irme diciendo ¡Adiós! como cualquier otro día del calendario. Vino el 'Querido' a despedirse también a su manera, dando gritos y con prisas por alguna de sus historias. Hicimos el camino de regreso juntos, como otras veces; al dejarnos en la esquina de costumbre, le pregunté si recordaba que era mi último día. Me dijo que sí y siguió hablando de otra cosa como si nada. Ya sé yo, como sabe él, que nos echaremos de menos desde ese mismo instante. Quintanolo es como es. Muy bruto, pero con un corazón muy grande. Muy grande. Atrás quedaron Cecilia y Fran; José Luis, tan bueno como siempre. Han pasado cuatros años me dicen, pero han transcurrido cual aleteo de colibrí. En La Semana, me he sentido muy querido desde el primer día, y he compartido un espacio infinito con grandes compañeros que también son ya amigos… Vivo muy cerca, acudo a muchos lugares y eventos de Dos Hermanas como para pensar que los perderé de vista. Considero que no habrían hecho falta grandes palabras, ya ven, pues nos encontraremos mañana como si tal. No habrá un domingo, ni un lunes o martes, en los que no me acuerde de tan buenos momentos. Reconozco que salgo perdiendo. No compartiré tan frecuentemente diván (la silla junto a su mesa) con José Luis. Cuánto se aprende de su serena templanza y de su forma de ver la vida. No agudizaré tanto mi mente, capaz de estar a la altura mordaz y casi cómica de Fran y su columna de estuco. Cecilia no me corregirá los 'habida cuenta' no los 'de cara a', ni pontificará con su prosa ágil y precisa. Manuel Lu, que sigue creciendo el tío, seguro que no parará, porque es muy grande. Hijo mío, querido Quintano, adónde iré sin enfadarme contigo por los espacios, las fotos perdidas, los nombres mal colocados. Si no te viera más a las siete de la mañana en el puesto de Paco sería un desdichado. Pregúntale de vez en cuando a mi padre por mí. Sigue siendo un ejemplo para los que no saben apretar el paso y mirar hacia adelante. Nos vemos.
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