En el Chic se produce cada verano un fenómeno tan extraño como repetido, una suerte de secuencia regular que ha significado muy poco esfuerzo para la comunidad científica, que ha resuelto en un pis pas el caso. Si el curioso lector (en el caso de que siga por aquí en estas fechas de asueto) quiere comprobar el prodigio, no tiene más que darse una vueltecita por El Llano. Allí se encontrará con ese maestro de ceremonias que se llama Álvaro. Roza la cincuentena, pero es más joven que cualquier hijo de vecino que usted conozca. El susodicho, que aparte de su vestimenta corrobora su verdadera identidad cada vez que abre la boca, tiene el irrenunciable poder de detener el tiempo. El secreto quizás esté en las luces de neón de la puerta, o posiblemente en la vieja madera de la barra o el zócalo del diminuto bar. Tal vez, los antiguos y desusados armaritos con cerradura para guardar botellas de licor personalizadas tengan mucho que decir. Lo que resulta incuestionable es que en ese veranito, aunque cambien periódicamente las caras, todo el mundo tiene siempre la misma edad. Será porque las fotos de sus amigos (entre los que se encuentran su hijo putativo, primos por doquier y ahijados, como los chicos de
jueves, 3 de julio de 2008
NARRACIONES EXTRAÑAS DE VERANO
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lunes, 30 de junio de 2008
VUELTA A LO MISMO
Cuando al principio de los años 90 las imágenes prohibidas estaban codificadas por la señal de Canal + y se decía que reflejada la imagen en el cristal de la ventana se apreciaban perfectamente las formas, Leticia Savater parecía una actriz porno a las claras del día. Eran otros tiempos, sin duda. Había quien confesaba que se había estimulado, confirmadas sus sospechas en el periódico del día siguiente, con un combate de boxeo o con la primera película de Isabel Pantoja, Yo soy ésa. Hoy, un niño de 15 años habla cotidianamente de su suegra, de su novia, y de la madre que le parió, si hace falta, para no aportar más datos chuscos, que todos ustedes ya conocen. No había muchas más salidas para nuestra quinceañera generación: a la falta de niñas en el colegio se unió el catastrófico hecho de que en el instituto ellas casi nos parecían bichos raros, ya que nunca supimos cómo acercarnos, debido al poco trato; no aprovechamos bien las múltiples maravillas de aquel video comunitario (tan pronto vino como se fue); ni siquiera alguna revistilla picantota medio en condiciones (las del hermano de Javi suponían una interesante colección, pero el hecho de que Germán, sí, Germán, manifestara que sus páginas estaban pegajosas, pues como que no). Así que, y solamente con el sol en todo lo alto, lo de la rubia televisiva a media mañana era lo único pseudo erótico que satisfacía a los jóvenes de esa época oscura y ardiente. Mirando las cosas con cierta objetividad, no resulta muy creíble que aquella rubia de bote hiciera carrera a las doce de la mañana enseñando la mercancía, con un vestido apretado un día sí y otro también, y un escote que le llegaba al ombligo siendo entresemana. Pero su programa, que pasó de las primeras horas a la sobremesa infantil, acumuló incluso premios por qué sé yo de atención especial a la infancia. He escuchado hoy que vuelve por sus fueros, ésta vez en una televisión de índole autonómica (ya adelanto que no se trata de Andalucía, por mucho que cupiera haciéndose un hueco entre María del Monte y Arrayán). Rememorando viejas imágenes, bien que podría aparecer en un body, haciendo gimnasia matutina: a cuatro patas, o la espalda contra el suelo y abriendo las piernas en la vertical todo lo que se puede. Increíble, de verdad. Lo peor de todo, y quizás ni siquiera ella es capaz de darse cuenta, es que no tendrá, sin lugar a dudas, una mínima oportunidad de volver a primera línea de combate. Por mucho que sea capaz de mirarte a la cara y vigilar la moto aparcada en la acera de enfrente, ya está la adolescencia muy picardeada como para caer en sus redes. Digo yo.
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domingo, 29 de junio de 2008
YA QUEDA MENOS
“¿Cuántas cosas te han regalado, Fae?” No es habitual que la organización de una carrera popular agasaje con tantos parabienes a los participantes. Hasta tres bolsas con todo tipo de regalos han supuesto ese pequeño reconocimiento a los más de 600 medio locos que se han dado este pasado sábado varias vueltas por el pueblo: diez kilómetros de nada, bajo unas temperaturas aplastantes, mínimo viento y humedad por las nubes. A pesar de ello, poco importa lo que contienen las bolsas, más interesa que se preocupen por uno llegada a la meta, o las atenciones necesarias a mitad del camino (agua suficiente, calles cortadas y el itinerario marcado sin problemas de orientación). Y no es asunto secundario. En
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jueves, 26 de junio de 2008
HOY MI DEBER
cantarle a la patria
alzar la bandera,
sumarme a la plaza...
Yo sé que es un tema menor respecto otros que nos ocupan en la realidad cotidiana. Que la dificultad de la crisis y el desgobierno general continuará, e incluso se endurecerán las cosas de aquí a nada. He leído, con juicio, que el acontecimiento que protagoniza ahora la selección española se aprovecha bien desde las altas esferas para correr una buena cortina de humo. Mejor, en fin, aprovechar la coyuntura para mirar a otro lado. Pero algo tiene el fútbol que es capaz de dar a la sociedad (bueno, a casi toda) un gran motivo para ponerse de acuerdo en algo. Entiendo que es pasajera esta felicidad, pero cuando es compartida por la gran mayoría, uno se pone orgulloso, se le saltan las lágrimas y espera, ilusionadamente, que todo puede ser posible. Qué quieren que les diga. Estos ánimos tan exaltados, que suelen ser inversamente proporcionales al patrimonio público (fuentes, jardines, papeleras o monumentos) me parecen históricos. Qué más da si es por un baloncito. Todo el país en la calle gritando ¡España!, o tocando el claxon hasta las tantas, merece la pena hoy. Es ésta una historia que se forja en un juego insignificante, aunque provisto de algo misterioso que hace a la gente darse abrazos y muestras de cariño afines. Por eso, y porque España hoy parece no ser una entelequia, sino más bien una nación entregada, merece la pena un poco de jolgorio. Me encanta saber que banderas españolas ondean ahora mismo por todos los rincones. Para estar contentos hace falta lo indispensable. Un fenómeno más para dar carpetazo a problemas que mañana (o pasado) seguro volverán. No queda tan lejos 1984, cuando con nueve añitos mal cumplidos, este tonto melancólico (acierto al menos al cincuenta por ciento) no creía posible que a Arconada se le colara el balón entre las manos. Así que, aunque estoy en casa acalorado por la noche (casi) más larga, imagínense que ando por Los Jardines dando saltos y gritando como un loco. Un día es un día.
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miércoles, 25 de junio de 2008
GASPAR ES BALTASAR
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domingo, 22 de junio de 2008
TRES CARAS QUE MIRAN


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viernes, 20 de junio de 2008
CÉSAR, DE HUESCA
Recuerdo muy bien la primera vez que lo vi. Él no lo sabe. Como en el caso de Pilar, tampoco se lo conté nunca. Iba al instituto montado en la furgoneta del padre, y yo le veía en la esquina que cruzaba hacia el barrio de La Moneda. La mayoría de las veces, con una cuña o una caracola de chocolate entre las manos. Desayuno sobre la marcha. Más tarde, descubrí que aquello no era una casualidad. Aunque nunca falta a una cita, puntualidad no es su sustantivo preferido. Era nuestro primer año en el ‘Virgen de Valme’, pero no coincidimos. Dos años más tarde sí, y desde segundo de BUP ha sido un amigo inseparable, pasando por COU y la Facultad de Filología. Está junto a mi lado en la orla de fin de carrera, bailamos (lo intentamos, al menos) en aquella fiesta, pasamos muchas horas juntos hablando de esto y aquello que es la vida, en fin. Pese a que la distancia se ha vuelto caprichosa, y su cercanía-lejanía es un impedimento a veces, Alicante está ahí al lado para cuando hace falta. Tiene César una capacidad como pocos para conversar, más de lo divino que de lo humano. Mide el tiempo por cigarrillos, que no por segundos o minutos del reloj. Cuando no sé de él por una temporada, extraño su ausencia de aire tan desenfadado, sus composiciones musicales o su poesía cosida con versos del alma.
Cuando conoces a César (al que yo apodo de Huesca, sólo porque en mi cole había un homólogo de esa procedencia, sin más) te das cuenta de que es un animal nocturno. Su ciclo vital carbura mejor de madrugada. Con su original música de fondo, una copita, inconfundibles manuales y libros desperdigados por la mesa, folios manuscritos entremedio, la noche (carpe noctem) le toma, y todo se para. Por eso, si cierro los ojos me veo con él mirando al cielo de un verano en la azotea de Las Ganchozas, la brisa fría de una playa en Valderagrana, un balcón semiabierto en Alicante cuando la nit del foc. César te mira de frente, te ofrece su cariño incondicional como si tal cosa. Una entrega, a su manera, tan especial que sería imposible rechazar. Nunca.
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